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Es inconcebible lo que ocurrió esta semana en el Liceo Josefina Aguirre Montenegro de Coyhaique. Dos jóvenes menores de edad, en horario escolar, y premunidos de armas cortantes ingresan a un establecimiento educacional con el objetivo de atacar a otro menor. Pasan varias barreras hasta llegar a la sala de la víctima y comenzar su ataque, el que deja al escolar con heridas diversas. La oportuna defensa de sus compañeros, con sillas y mesas, impidió un desenlace más grave.
¿Qué está pasando en nuestro Coyhaique? ¿Cómo hemos llegado a este estado de cosas? ¿Hemos llegado al increíble punto de comparación entre nuestra vida y la de las poblaciones bravas de Santiago?
Todas estas preguntas tienen que ver con la forma de vivir que estamos construyendo. En las poblaciones del sector alto de Coyhaique el modelo a seguir es el que han traído desde el norte, el modelo de vida de las poblaciones y barrios sin ley. El modelo donde los padres no tienen responsabilidad sobre la crianza de sus hijos, sino que es la esquina y el grupo de supuestos amigos los que educan. Porque deberíamos preguntarnos donde estaban los padres y madres de estos menores atacantes (recuerde que los hechos ocurrieron en horario escolar) y cuál es su responsabilidad. Debemos preguntarnos que estamos haciendo como mundo adulto ante estos jóvenes. Debemos preguntarnos si el discurso de las oportunidades para todos ha dado resultado. Debemos preguntarnos si estamos desarrollando bien nuestro rol de padres o ya nos dimos por vencidos.
¿Se están haciendo esfuerzos para construir un mejor futuro para estos jóvenes y su entorno? La respuesta es SI, pero claramente la planificación y los resultados no son para nada satisfactorios, porque si así lo fuera no tendríamos que hablar de los lamentables hechos de esta semana en el Liceo Josefina Aguirre.
No basta con armar una multicancha y pensar que por resolución espontánea de posibles convocantes habrá una liga deportiva en el sector, hay que asesorar y estimular a los líderes deportivos y crear organizaciones estables en el tiempo. Hay que renovar mallas, cercos, aros y balones cada cierto tiempo. Hay que estimular deporte en serio.
No basta con apartar una de las casas de la población para junta de vecinos, sino que hay que asesorar, organizar y estimular continuamente la vida en comunidad, hay que re- encantar a los vecinos con su barrio, hay que educar la vida en sociedad porque de lo contrario vamos a vivir encerrados con nuestros propios muros y rejas de defensa y habremos perdido nuestra valiosa forma de vida, y con ello habrán ganado aquellos que quieren imponer su nortina rutina en nuestro territorio.
No basta con traer, muy de vez en cuando, un grupo musical y pensar que eso es hacer cultura. Hay que organizar rondas de conversación, cine educativo, charlas, foros, visitas de artistas locales a cada sede vecinal para crear un hábito cultural en la gente. La cultura no puede ser privilegio de los del centro, la cultura es de todos.
Independiente de las responsabilidades que cada uno tenga (porque son responsables los menores infractores, son responsables sus padres, es responsable el liceo que no tiene suficientes medidas de control y seguridad, son responsables los entes municipales y estatales con sus políticas poco estables y muchas veces insuficientes), los hechos de esta semana nos ha dado una dura lección y hay que tratar de aprender de ella. El rol de los padres y madres es indispensable e irremplazable. El rol del Estado y la Municipalidad tiene que ver con la instalación, continuidad, monitoreo y aseguramiento del éxito de los programas. El rol de la población y barrio es fortalecerse como comunidad. El rol del poblador con conciencia cultural es defender su forma de vida.