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Por Carlos Pérez Alvarado
Variados son las calificativos que utilizan los dueños de grandes proyectos destructivos, y sus escasos partidarios, para referirse a quienes se oponen a iniciativas que amenazan el medio ambiente y la vida de las personas, no solo por las pretendidas centrales hidroeléctricas en Aysén, sino no en todo Chile y en muchas partes del mundo; eco-terroristas, antidesarrollistas, ecologistas profundos, talibanes, comunistas, etc., son las más frecuentes. La experiencia mundial muestra que cuando los grupos del poder político-empresarial, muy partidarios de estos emprendimientos, extreman el tono de las acusaciones culpan a los opositores, primero de estar financiados desde el exterior para luego vincularlos con grupos extremistas y terroristas internacionales.
Esperamos que nunca llegue a ocurrir algo parecido en nuestra Patagonia y en todo momento se respete el derecho a disentir. Sería una desgracia que en Aysén un conflicto político-ciudadano escalara a los niveles que hoy vemos en la Araucanía donde el pueblo Mapuche alega por reivindicaciones más que justas, pero que al final de cuentas, lamentablemente, se contraponen con los intereses de las empresas forestales y generadoras eléctricas, inversiones en manos de unas pocas familias adineradas de Chile, el Grupo Matte entre ellas, o capitales –irónicamente- foráneos, miles de veces más abultados que el presupuesto con el que funciona una ONG promedio.
No aceptan que la gente que se opone a sus intenciones no disimuladas de lucrar con el agua de todos los chilenos, atraviesa todos los estratos sociales, políticos y religiosos. Por el contrario, los meten a todos en el mismo saco, son sus adversarios, los que no ven lo inofensivo, lo beneficioso, lo bello que son sus proyectos. Por eso, en un intento vano por aplacar las críticas no les queda más que utilizar argumentos que resultan absurdos y fácilmente desmentibles. Así se permiten calificar a los opositores como fundamentalistas, que se oponen al progreso, que quieren dejar la Patagonia tal como está, que son partidarios de reducir el número de habitantes del planeta, por lo tanto también abortistas, y que ponen a la naturaleza “por sobre” el ser humano.
Naturalmente, esta última mentira se relaciona con el intento de conectar a los diferentes grupos ambientalistas con el ecologista Douglas Tompkins. Debido a que con desesperación buscan caras, rostros concretos para personalizar a sus “enemigos”, al mismo tiempo rastreando cualquier detalle incómodo de sus vidas que los desacredite ante la comunidad, el millonario estadounidense es una pieza que encaja perfecto en su campaña de propaganda. Justamente de Tompkins obtienen la excusa para atribuir gratuita y maliciosamente a sus supuestos seguidores su polémica ideología conservacionista llamada “Ecología Profunda” que –con seguridad- la mayoría la población desconoce y muchos que la conocen no la comparten, lo mismo que las controvertidas actividades del estadounidense en toda la Patagonia.
Por ahora no queda más que seguir escuchando caricaturizaciones ridículas de los distintos movimientos que han surgido en Aysén y que se han expandido por todo el país, con organización, estatutos, ideas u objetivos particulares e independientes entre sí, pero unidos por una causa común; Patagonia sin Represas. Son otros los eco- terroristas; los que inundan tierras, talan árboles o secan y embalsan ríos, los que contaminan el aire, la tierra o el agua. Son otros los pagados con dineros extranjeros; los que reciben sueldo o regalías de estas empresas multinacionales destructoras de ecosistemas, especialmente en países y regiones pobres. Son otros los fundamentalistas, los soberbios que creen que pueden doblegar la fuerza infinita de la naturaleza, los que no respetan las culturas de los pueblos e incluso ponen en riesgo la vida de las personas. Todo por defender y practicar la más perversa de las ideologías de nuestro tiempo; el Capitalismo Profundo. El que no prevalecerá.
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